
Bruno llegó a casa en la primavera de 2011, una bolita de pelo que apenas levantaba un palmo del suelo entre los campos de lavanda. Desde el primer día supimos que aquella mirada despierta lo iba a cambiar todo.
Creció hasta convertirse en el guardián silencioso de la familia: el primero en recibirte en la puerta, el último en dormirse, siempre atento, siempre cerca. Le encantaban los paseos largos, perseguir la pelota hasta quedarse sin aliento y, sobre todo, robar el mejor sitio del sofá.
Nos acompañó en cada etapa con esa lealtad tranquila que solo dan los pastores alemanes. Se fue en paz, rodeado de los suyos. Gracias por cada día, Bruno.